Así como Los Andes cuelga del barranco imponente de la inmaculada cordillera, así quedó colgada por 44 años, una nueva aventura; una odisea que comenzó, por allá por 1967. Un grupo de niñas y niños, como todos los niños de entonces – inquietos, curiosos, traviesos – comenzaban a transitar una senda en las aulas del anexo del Liceo Maximiliano Salas Marchant. Nadie imaginó que aquel camino, se extendería por tantos años y aquellas sonrisas claras como pupila de ángel, se transformarían, 51 años después, en un estallido de corazones palpitantes, en una amalgama de sonrisas capaz de acariciar el alma, de quienes fueron nuestros compañeros de aula y que hoy nos tiene estacionados en el escalón más alto a que puede aspirar el ser humano: el de la amistad parida desde el seno profundo de similares valores.

Por la década del 60, pocos de nosotros, teníamos el privilegio de vestir un jean americano, pocos, tal vez, podían disfrutar de tener una bebida sobre su mesa; quienes vivieron esos años lo saben; la economía era esquiva. Sin embargo, este grupo de escolares soñadores, se propusieron realizar cosas difíciles para aquellos tiempos. Luego de ser recibidos por el recordado y querido maestro, don Oscar Lagos Covarrubias, cuando apenas hilábamos frases, y en tanto la adolescencia tejía sus primeros pasos, nos envolvió la ternura de la querida profesora señora Sara Durán Morales, quien nos llevaría, como quien lleva entre sus manos un delicado sueño, hasta comenzar a saborear el aroma de la juventud.

Fueron 4 años de sacrificios, de días enteros organizando rifas, beneficios, vendiendo diarios usados, de ferias de las pulgas; y logramos nuestra meta: 15 bellos días de gira, por los parajes de milenarios bosques, de turquesas aguas de ríos y lagos, en fin, por entre la sonrisa amistosa de la gente del sur; nuestro sueño estaba cumplido.

No obstante, el sueño estaba cumplido, más no terminado. Uno de los nuestros, nuestro querido amigo, compañero, hermano, Raúl Oyarzún Laibe, dejó que sus pasos fueran a besar los caminos de la Patagonia, aquella Patagonia indómita que su abuelo libanés colonizó y sembró de hijos llenos de valores con una generosidad sin parangón. Esos niños de ayer, por más de 50 años, no hemos dejado de mimarnos, de abrazarnos, de sentir como propio el triunfo o el pesar del otro, no hemos dejado, en el fondo, de querernos. Y, motivados por nuestro querido Raúl, partimos a culminar nuestra gira inconclusa, 44 años después; fuimos a llenar de belleza nuestras pupilas, a teñir de aguas cristalinas nuestras miradas, a llenar de aromas milenarios nuestros pulmones. Demás está decir cómo reímos, como gozamos con las mismas anécdotas contadas una y mil veces, pero cada vez con más nostalgia porque el tiempo va pasando raudo, tal vez. Sabemos que somos afortunados; no todos cultivan una amistad por tantos años y por ello somos agradecidos de lo que nos ha tocado vivir. Gracias gran amigo Raúl, gracias a ese familión que tienes y que nos trató con una bondad que no olvidaremos, en fin, gracias por tener la dicha de tener tantas manos prestas que, de tanto amor, se transforman en una sola gran mano.

                                                                                   Promoción 1967 – 1975 Liceo Max Salas Marchán

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