La modernidad terminó con los coches Victoria, una cultura patrimonial del encanto que vivió Los Andes

La modernidad terminó con los coches Victoria, una cultura patrimonial del encanto que vivió Los Andes

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Muchas personas todavía recuerdan haber sentido el rítmico trotar de los caballos y el vaivén del carruaje mientras rodaba por las calles de la ciudad, de un pasado pleno de señorío.

Pasadas generaciones de andinos se movilizaban desde sus barrios al centro de la ciudad en coches Victoria, que eran -junto con los escasos taxis- los únicos medios que existían para movilizarse.

Gran parte del encanto de pasear en victoria residía en que esos carrujes eran herederos de una tradición típica que vivió Los Andes, donde hasta la década de 1990 todavía existían algunos de estos vehículos de pasajeros tirados por caballos.

La llegada de las victoria se remonta a 1864 cuando todo comenzó luego que familias de la aristocracia del país las traían tras sus viajes a Europa, especialmente desde Francia.

Alrededor de la Plaza de Armas de Los Andes por las calles O’Higgins y Maipú llegaron a congregarse hasta un número superior a sesenta victoria.

Muchas personas todavía recuerdan haber sentido el rítmico trotar de los caballos y el vaivén del carruaje mientras rodaba por las calles de la ciudad, de un pasado pleno de señorío.

Con la irrupción de un mayor número de vehículos, las victoria comenzaron a crear problemas en el cento de la ciudad, por su lentitud en su desplazamiento, sumado al problema sanitario del especial perfume que dejaban a su paso los animales.

La llegada a la Municipalidad de Los Andes del alcalde Jaime Risopatrón Guzmán hizo que acogiera el clamor de quienes pedían prohibir la circulación de las victoria por el damero central, optando por dictar la respectiva Ordenanza Municipal. Ello le causó una resistencia ya que los aurigas acudieron a la señora Lucía Hiriat de Pinochet, quien a través del Ministerio del Interior ordenó que el jefe comunal derogara la medida. Risopatrón se negó y optó por renunciar a la alcaldía.

Con el pasar de los años, asumió el alcalde Octavio Arellano Zelaya, quien brindó su protección al gremio dado que las victoria constituían reliquias patrimoniales de la ciudad. Tanto que les asignó alimentación y dispuso que se creara un paradero en avenida Santa Teresa, el que aún existe.

La modernidad de la ciudad hizo finalmente que poco a poco los coches Victoria fueran desapareciendo, optando sus dueños por vender los carruajes a propietarios de fundos. Mucho de estos vehículos fueron comprados por asendados del sur del país.

Luis Rojas Jélvez, recordado secretario municipal, profesor y riguroso historiador, escribió en El Andino una nota que tituló «cuando las victorias cantaban victoria…», recordando que después de la siesta, comenzaban a aparecer en los boquetes de las esquinas de la Plaza de Armas de Los Andes, los coches negros y formales tirados por mansos caballos mulatos y tordillos.

Describe que era bueno tener un cochero amigo que le permitiera, especialmente a los niños y jóvenes, poder ir atrás y con ello evitarse la «guasca atrás» que se aplicaba a los intrusos.

Señala Rojas que la broma más pesada que le hacían a un cochero era contratarle la carrera con equis destino, y una vez próximo a él, se le abandonaba sobre la marcha en forma subrepticia; una especie de «perro muerto» de la época. Quienes se hicieron famoso con esta broma, fueron los recordados «Carlotos de Centenario».

Las victoria constituían reliquias patrimoniales de la ciudad

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